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Tasca Eulalia, donde la tradición siempre tiene mesa
C/ del Marqués de Campo, 39, 03700 Dénia, Alicante
Hay restaurantes a los que uno llega con reserva, puntualidad y la tranquilidad de quien ha hecho los deberes. Y luego está Tasca Eulalia. En la calle Marqués de Campo, esa gran arteria peatonal de Dénia donde se suceden tiendas, restaurantes, heladerías y todo aquello que hace que una calle de agosto parezca tener una actividad propia, hay un punto donde la concentración de gente aumenta considerablemente: la puerta de Tasca Eulalia.
No, no es una metáfora. Hay cola.
En verano, además, no suelen aceptar reservas, así que sentarse a comer o cenar aquí tiene algo de pequeño ejercicio de fe: llegas, miras cuánta gente hay delante y confías en que el universo (o la cocina) tenga a bien concederte una mesa. Mi recomendación, por tanto, es sencilla: horario europeo. Tanto para comer como para cenar, mejor ser de los primeros que llegar cuando ya ha comenzado la avalancha.
Aunque, pensándolo bien, tampoco es tan grave esperar. En la entrada hay una pequeña barra con algunos taburetes donde puedes empezar la picaeta mientras llega tu turno. Una cerveza, una copa de vino (la selección merece que te dejes aconsejar) o algo de agua y, si la espera se alarga, siempre queda la posibilidad de atacar el mostrador de gildas y salazones. De repente, hacer cola deja de parecer una desgracia y empieza a parecer parte del aperitivo.
De generación en generación, plato a plato
Quizá porque Tasca Eulalia nunca ha pretendido ser otra cosa que una tasca.
Abrió sus puertas en 1982 de la mano de Jaime Vives Masó, con la intención de levantar un proyecto familiar alrededor de aquello que suele sostener mejor los negocios que cualquier plan de empresa: el amor por la cocina. Hoy es la tercera generación de la familia la que está al frente y, aunque hayan pasado los años (y también alguna reforma), hay lugares que consiguen actualizarse sin borrar las huellas de quienes estuvieron antes.
Aquí la tradición no está escrita en una pizarra con tipografía cuidadosamente escogida. Está en las paredes.
Las fotografías de las generaciones anteriores recuerdan de dónde viene el restaurante y, sobre todo, hacen algo que siempre me gusta encontrar: reconocer a quienes pusieron los primeros ladrillos. No es un detalle menor. Dice bastante de un lugar que, después de tantos años, siga haciendo sitio a su propia historia.
El arte de seguir siendo una tasca
El reconocimiento, por cierto, también ha llegado desde fuera. Tasca Eulalia cuenta con un Solete Repsol, concedido en 2025, uno de esos pequeños distintivos que reconocen lugares a los que merece la pena ir por lo que son, no por intentar parecer otra cosa.
La historia de la casa tampoco termina en la mesa. Al lado de la tasca se encuentra Saborea, su tienda gourmet, donde esa misma filosofía se puede llevar a casa en forma de productos seleccionados. Porque, si algo funciona, tampoco hay necesidad de limitarlo a la hora de comer.
Y quizá esa historia también explique algo de la clientela.
Dentro y fuera, el ambiente es cálido, rústico y bastante democrático: gente de Dénia y gente que viene de fuera, familias, parejas, amigos y, sobre todo, personas que parecen tener una relación de larga duración con estas mesas. La familia que se sentó junto a nosotros es el mejor ejemplo. Empezaron viniendo en pareja y ahora regresan acompañados de sus nietos.
Hay algo particularmente bonito en eso: los restaurantes de toda la vida no solo conservan recetas, también conservan costumbres.
La cocina mediterránea que no necesita reinventarse
De los fogones de Tasca Eulalia sale una cocina mediterránea que no parece especialmente interesada en reinventar lo que funciona. Y, sinceramente, qué descanso. En la carta encontramos marisco de la lonja de Dénia, guisos caseros, arroces y esos platos que uno reconoce antes incluso de leerlos del todo.
El año pasado probé la cazuela de huevos a la marinera. Este verano fue el turno de la sepia guisada con habitas baby. Y aquí debo hacer una pausa para decir que la sepia se deshacía. Hay platos que necesitan una explicación y otros que solo necesitan un tenedor.
Los arroces son otro de los asuntos serios de la casa, aunque requieren un poco de planificación: se encargan con un mínimo de 24 horas de antelación y para al menos dos personas. Una condición razonable si lo que se pretende es que el arroz llegue como debe y no como un trámite entre el entrante y el postre.
Qué pedir, qué pedir...
Nuestra cena, esta vez, empezó con una sepia a la plancha con aceite y perejil y un tumbet de verduras. El tumbet, en apariencia, pertenece a esa categoría de platos que cualquiera podría intentar hacer en casa: patata, calabacín, berenjena y tomate. El problema es que luego uno lo intenta y aquello no sabe igual. (Yo lo he intentado y no funciona)
El suyo, en cambio, llegó a la mesa y produjo ese fenómeno tan habitual en los restaurantes donde algo tiene buena pinta: las mesas de alrededor empezaron a mirar. Nadie preguntó qué era, pero todos lo supieron enseguida cuando empezaron a pedirlo. Una especie de espionaje gastronómico silencioso que, por supuesto, también practicamos nosotros, dicho esto, en la mesa de al lado vimos llegar unas berenjenas rebozadas a las que añadían miel. No hizo falta pedir permiso para copiar la idea.
Y después llegó nuestra pequeña herejía de la noche: la flor de alcachofa con huevo poché y jamón ibérico. Sé perfectamente que pedir alcachofa fuera de temporada es, como mínimo, de primero de cocina. No tengo defensa posible. Podría inventarme una justificación sobre la temporalidad, el producto o la responsabilidad gastronómica, pero sería mentir.
La alcachofa estaba tierna y el conjunto funcionaba por esa combinación bastante infalible entre el huevo, el jamón y ese punto vegetal ligeramente dulce de la alcachofa. A veces el sacrilegio merece la pena.
También aconsejo dejarse asesorar con el vino. No solo porque tengan una selección amplia, sino porque se nota cuando quien recomienda una botella sabe por qué la está recomendando. Y eso, en una carta de vinos, es casi tan importante como que el vino esté bueno.
Una visita se queda corta para probar toda la carta. Pero quizá sea mejor así. Hay restaurantes que uno quiere tachar de una lista y otros que prefiere dejar en ella, como esos planes que no necesitan fecha porque sabes que acabarán ocurriendo. Tasca Eulalia es de los segundos.
Quizá ahí esté parte de su encanto: los años pasan, las generaciones cambian y, sin embargo, siempre hay alguien ocupando una de esas mesas. Alguien que vuelve por un guiso, por un arroz, por una sepia que se deshace o, simplemente, porque hay lugares que terminan formando parte de las costumbres.
Yo ya sé que el próximo verano tengo una cita pendiente.
Intentaré llegar temprano.
Aunque, conociendo Tasca Eulalia, probablemente habrá cola.
Carta de presentación de Tasca Eulalia
Cocina mediterránea de siempre, hecha sin prisas y con sabor a casa.
Horario
- De lunes a domingo (cocina ininterrumpida)
- 12:00 - 24:00
Reservar
Sitio web
Opiniones
Precio pp.
20 – 30€
Opciones de servicio
- Terraza
- Comedor